Por Pedro Tenorio.
Roma (2018) marca el regreso triunfal de Alfonso Cuarón al cine mexicano, llevándose consigo la estatuilla a mejor película de habla no inglesa y que muchos pensarían, merecedora a consagrarse como la mejor de cualquier habla en aquel año. Sin duda, esta producción de Netflix se ha vuelto uno de los mayores referentes del cine latinoamericano, representando una realidad sensible a través de los ojos y boca de uno de los grandes cineastas de una generación.
Son los años 70 en la colonia Roma, Ciudad de México. Cleo es una empleada doméstica de origen mixteco, quien ayuda a mantener el orden de una familia acomodada con cuatro hijos mientras el padre se encuentra “de viaje” indefinidamente. La tensión crece cuando Cleo descubre que tiene un embarazo no deseado.
Cuarón le da gran peso a lo cotidiano con largas acciones a través de planos secuencia de encuadres abiertos, que aprovechan la profundidad, el espacio y los personajes. Los cortes son meticulosos y solo aparecen cuando son necesarios, ya que se concentra en una acción y ahí mantiene al espectador, causando que, a pesar de una calma aparente, se sienta una tensión invisible que adelanta lo que podría venir. En ese sentido, el cineasta mexicano es un maestro de los tiempos.
Desde el guion y la puesta en escena, hay una intencionalidad brutal de cargar con emoción cada detalle visual, la precisión de cada movimiento y cada línea de diálogo. Hay una diversidad de lenguajes en la cinta, incluyendo mixteco, inglés y español. Esto se potencia como simbolismo de barrera e identidad, aunque todo se orquesta de una manera tan minuciosa que la película podría hablar incluso sin decir ninguna palabra. El cine en ningún caso es algo mecánico, pero todo se construye con tal perfección que pareciera que Cuarón tiene control sobre elementos que normalmente no se tiene. Los movimientos del perro, los aviones y otros se integran con tal naturalidad que uno se pregunta cómo se logró filmar.
Otra virtud es el buen trato que se le da al subtexto, al ubicarse en una época de creciente malestar político y social, el cual desemboca en una recreación de una matanza en una protesta estudiantil por parte de un grupo paramilitar. Este suceso ocurre justo cuando a Cleo se le rompe la fuente para dar a luz, aportando a la complejidad del personaje y la situación que vive.
Tras superar este ambiente hostil, en el hospital ella pierde al bebé. Un suceso terrible, pero que abre la puerta a completar su arco al salvar de la corriente marina a los niños que cuida, arriesgando su vida sin saber nadar. Ese es el clímax de la película, el cual
está muy bien planteado. La patrona, los niños y Cleo se unen, cada uno vive su propia tragedia y a través de eso liberan toda la emoción construida durante la película. Ambas caras se dan cuenta que no es solo una relación laboral, sino que son familia, una que está presente en los momentos más duros.
“Te quiero, Cleo”, le expresan los pequeños que crecieron junto a ella.
El rol protagónico de la empleada doméstica se ha utilizado en varias ocasiones como figura de reflexión social, pero aquí se enriquece con las capas que propone su personaje, la poderosa actuación de Yalitza Aparicio y la sensibilidad con la que la trata el director. En este aspecto, se nota que es una historia inspirada en su propia infancia, siendo el porqué la película cierra con un texto sobre la imagen que dice: “Para Libo”.
Tanto la época como la situación que plantea aquí Alfonso Cuarón trasciende a una universalidad que puede alcanzar los corazones de numerosas familias latinoamericanas, lo que vuelve a Roma una obra tan potente. Una maestría en el manejo de tiempos, construcción de escenas y una preocupación por personajes humanos, situados en un mundo visto por los ojos de un cineasta con una sensibilidad única y un admirable respeto por la identidad propia.
El guion original de Roma está disponible en la sección Guiones Liberados.